Entiendo perfectamente el abatimiento. No soy ajeno al pesimismo. Está mas que justificada la falta de confianza. Nos encontramos ante la crisis económica más grave que azota el mundo desde hace ochenta años. La tasa de paro en España es inasumible para un país. A mayor abundamiento, la tasa de paro juvenil es directamente avergonzante y negatoria de futuro para toda una generación de jóvenes.
Aparte de la difícil situación económica, la crisis política es muy considerable. Las decisiones parecen ser tomadas por los mercados de deuda. O cuanto menos los gobernantes europeos parecen gobernar a su dictado con el único objetivo de aplacar su insaciable sed de recortes. Gobernar, cuando no ser directamente expulsados del poder y sustituidos por gobiernos tecnocráticos, necesarios tal vez, pero de dudosa legitimidad.
Las vergüenzas de la Unión Europea han quedado al descubierto. El díptico asimétrico que desde 1992 constituye la Unión económica y monetaria ha demostrado ser insuficiente, precisamente por su asimetría. En este ámbito concreto, los cambios tendrán que ser de fondo y a largo plazo. Partiendo de una armonización de la política fiscal y una coordinación económica real que permita a los miembros de la zona euro avanzar con un mismo paso en el crecimiento económico. La responsabilidad de compartir moneda supone unos compromisos que no deben ser obviados, por nadie. Y todos los Estados Miembros deben poner de su parte para asegurarse de que ninguno pone en riesgo a los demás, pero asimismo que ninguno se queda atrás y que la solidaridad europea es efectiva y no una mera declaración programática.
Nunca nos han regalado nada. Todo lo hemos conseguido con nuestro trabajo y esfuerzo. Nada de lo que ahora disfrutamos nos fue otorgado graciosamente. Hay que pelear, luchar, trabajar, esforzarse. Levantar la cabeza una vez más y decirnos: ¡No podrán con nosotros! ¡No nos doblegarán! Seguimos creyendo que un mundo mejor es posible. Un mundo con ciudadanos iguales, libres y conscientes y con el sustento mínimo que garantice su dignidad. No podemos dejarnos tumbar. Aún hay mucho que hacer. Hoy, han muerto 21.000 niños en el mundo.
Cuando esta crisis pase, porque pasará, quiero tener el recuerdo de que peleé, de que intenté hacer algo. O aunque no lograra nada, aunque desde mi acomodada posición lanzara un fútil grito al aire, quiero tener el vago recuerdo de una posición ante las circunstancias, una actitud proactiva ante la indignación que sentía.
No es el momento de dar un paso atrás. Es ahora cuando hay que avanzar, que seguir reivindicando que estamos convencidos de que las cosas se pueden hacer de otro modo y que esto jamás debería haber ocurrido. Nuestras reivindicaciones siguen siendo más necesarias que nunca. Es el momento de los valientes. Es el momento de los que no se resignan.
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